Recientemente fueron a parar a mis ojos un puñado de páginas que formaban parte de un capítulo de La Rebelión de las Masas de Ortega, más concretamente, de uno que el autor madrileño bautizó como ‘Vida noble y vida vulgar, o esfuerzo e inercia’.
Gasset da un nuevo sentido a la nobleza, rehúsa de considerar nobles a aquellos que por herencia e inercia les es transmitido este título y plantea que noble es aquel que por esfuerzo propio se lo gana. Como él mismo señala, ‘Para mí, nobleza es sinónimo de vida esforzada, puesta siempre a superarse a sí misma, a trascender de lo que ya es hacia lo que se propone como deber y exigencia.’
Esta lectura despertó en mis varias reflexiones, entre ellas, una acerca del ‘elitismo intelectual’ que, ¿por qué no? Podría ser una forma de apelar a lo que Ortega y Gasset denomina ‘vida noble’.
Debería tratarse de un imperativo para toda persona, digna de serlo, aspirar a esta nobleza.
Al respecto, no cabe duda, es tarea del hombre o mujer de acción, la de depurar todo aquello que huela a mediocridad. Desmarcarse de la masa, de lo vulgar, del espíritu débil, de quienes muestran desprecio por el conocimiento y, por supuesto, desconfiar de ellos. Con firme determinación y entereza, como si de un cirujano se tratase, ha de amputar el miembro putrefacto y deshacerse de él, sin miramiento alguno.
Además, debe saber identificar al charlatán, el que conoce pero no crea. Ese individuo que únicamente almacena datos en su cerebro como si de materia inerte se tratara. Sujeto desconocedor de que lo inerte termina por pudrirse y lo que se encuentra en este estado es porque muerto está.
Marciare per non marcire...
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